El pulso de láser, que duró una docena de femtosegundos (milésimas de billonésima de segundo), fue generado por un láser construido en el citado Centro Láser del Instituto de Química Física. Fue tan potente que ionizó casi de inmediato los átomos que encontró, tal como pudo comprobar el equipo de Yuriy Stepanenko. Como resultado de ello, se formó un filamento de plasma a lo largo del pulso. Seleccionando de forma apropiada los parámetros de funcionamiento del láser, para permitir un equilibrio de las interacciones complejas entre el campo electromagnético del pulso y el filamento de plasma, el rayo de luz láser no se dispersó en el aire, sino que, al contrario, se autoenfocó. Esto le permitió al pulso láser moverse de forma efectiva a una distancia mucho más grande que lo que harían pulsos de baja potencia, manteniéndose sus parámetros originales.
Un “proyectil” láser disparado por el “cañón” láser de 10 teravatios. El resplandor azul es la luz láser. La fuente de los otros colores es principalmente el filamento de plasma surgiendo como resultado de materia ionizada, situada en el aire en el camino del pulso de luz. (Foto: IPC PAS)
Aunque estos disparos láser eran de luz en la banda del infrarrojo cercano, o sea invisibles para el ojo humano, lo cierto es que un rayo láser como éste viajando a través del aire adquiere un color blanco visible. Esto ocurre debido a que la interacción del pulso con el plasma genera luz de muchas longitudes de onda diferentes. Recibidas simultáneamente, estas ondas dan la impresión del color blanco.
Los pulsos láser disparados con el innovador “cañón” láser en el experimento tuvieron una potencia de alrededor de 10 teravatios.
La información ha sido sacada de: NCYT
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